El perdedor confía en el futuro, el ganador en el presente y en el pasado no confía nadie. El perdedor literario cree que siempre puede ganar, que su novela de mierda publicada en provincias quizá dentro de cuarenta años sea rescatada y reconocida y su nombre puesto debajo de una estatua de vagos parecidos fisionómicos. Esto es una chorrada de curso común en nuestro tiempo. Enseguida los autores ponen ejemplos: lo que vendió Beckett, la ausencia de Baudelaire en tal o cual enciclopedia, los inéditos que dejaron Kafka o Pessoa. Ahora también podremos consolarnos con Stoner...
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