1. Ni un alma se veía por la orilla, excepto, un poco más allá, una enorme ave marina que permanecía inmóvil sobre una roca. Tenía el cuello largo y delgado y el cuerpo fino, y parecía irreal en su quietud, más la estilización de un artista que un pájaro vivo. Me senté sobre las protuberancias de pizarra. Qué curioso material: quebradizo como piedra y graso al tacto. La mañana era tranquila, y el cielo de un blanco uniforme. La marea estaba alta, y la superficie del mar, tensa y bruñida como seda ondeante, parecía más elevada que la tierra, como si fuera a derramársele...
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