La verdad es que, con una tradición como la nuestra, lo difícil es no ser el primero en algo. La precariedad de los referentes -apenas cuatro nombres propios- hace en principio que un ensayo sobre literatura vasca nos interese en la misma medida que uno sobre literatura balinesa: o sea, nada. Asistir a un desfile de apellidos pugilísticos -todas esas kas y esas bes y esas zetas que parecen directamente bajadas del ring- y de títulos tan enigmáticos que a lo mejor nos la están colando y es el mismo título escrito del revés, retrae nuestra curiosidad -siempre tan erecta-...
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