Así leído del tirón, en esos siete minutos que merece un poemario, Dime qué resulta perfectamente ininteligible en su sucesión de experimentos y texturas, en el candor de algunos recursos expresivos -mayormente la repetición de palabras con vanos propósitos intensificadores, las negritas, "te quiero infinito menos uno", las comillas dobles, los 1/2,  las barras-, que terminan en el habitual paginazo de agradecimientos, donde uno hace alambique de lectura sobre un texto ya no en cuestión y concluye que a lo mejor no había nada que cuestionar sino todo que inhibir. Luego...
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