Encuentra uno los libros en donde sea, y eso es señal de querer leer, de seguir querer leyendo. Si me viera como tantos, alimentado sólo de lecturas evidentes, y de lecturas de amigos, amén de lecturas interesadas, desearía morirme, o no leer, si acaso no leer fuera posible para alguien que ya no sabe qué hacer con las manos en las fiestas -esto era una chiste de los Simpson. El caso es que un alumno de taller -del taller del que me escribe a mí- trajo a clase sin intención publicitaria alguna Sólo de lo perdido, un libro efectivamente perdido y solo de Carlos Castán, cuyo...
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