Desde abril o mayo de 2005 hasta finales de 2013 escribí habitualmente en dos blogs denominados Hikikomori y Lector Mal-herido. En el primero contaba mi vida, y en el segundo hablaba sobre los libros que iba leyendo. En total, en esos ocho años, debí de escribir y publicar unos 2.000 artículos o posts. Fruto de los textos aireados en Hikikomori apareció, en primer lugar, mi novela Trenes hacia Tokio, en la que narraba mis días en el archipiélago nipón. Y luego Pose, un libro que reúne dos crónicas extensas ambientadas en Japón y México (o un diario de Japón y una crónica de México). Por su parte, Lector Malherido sirvió de caladero para la selección de críticas literarias delirantes reunidas en Vida y opiniones de Juan Mal-herido. Como consecuencia de mi práctica bloguera, he participado en varias mesas redondas sobre esta herramienta de comunicación personal (Gijón 2010, Málaga 2013, o la Biblioteca Nacional en 2014 me vienen ahora a la cabeza) y he aparecido en algunos periódicos, en reportajes sobre la blogosfera, y, ahora que lo pienso, conocido también a muchas personas, algunas de las cuales se cuentan a día de hoy entre mis mejores amigos.

Todo esto no obsta para que, al mismo tiempo, el sostenimiento de un discurso continuo en la red me haya deparado algunas enemistades (incluso: muchas enemistades), ni para que algunas de ellas sean aún hoy, cuando mi presencia on line ya no es tan novedosa ni mis juicios literarios tan agresivos, verdaderamente obsesivas y justicieras.

En los primeros días de 2014, después de pasar el vado de año nuevo y de encarar los derroteros por los que uno desea conducirse en los próximos doce meses -como si 2014, ese nombre intrascendente del tiempo, mereciera semejantes consideraciones- me vi poco animado a seguir escribiendo en internet o para internet o desde internet en los mismos términos que caracterizaron los últimos ocho años. No hay que descartar la anédocta de que, el 14 de enero, cumplí 39 años.

La idea de redactar posts, publicarlos alegremente, saberse leído y accesible, influir quizá en algunas personas a la hora de considerar la actualidad o las novedades literarias, ya no me resultaba motivación suficiente. Sin embargo, seguía teniendo cosas que decir sobre lo que aparecía en el periódico, sobre lo que pasaba en mi calle, y sobre los libros que leía. Esos textos, en estos meses de silencio, llegaban incluso a escribírseme -al menos, sus comienzos- en la cabeza, al margen de mi voluntad.

De la colisión entre mi deseo de seguir escribiendo y mi reticencia a hacerlo de un modo tan obscenamente público, y tan devaluado, como es el que se configura en los blogs literarios nació la idea de abrir una web donde juntara ambos blogs y echara la llave, pusiera una barrera o, en definitiva, exigiera un compromiso de algún tipo a sus futuros lectores.

Apenas se me ocurre algo, una actividad humana, una competencia o habilidad, que a día de hoy se considere tan inútil e indigna como la de saber poner una palabra detrás de otra y decir algo sincero y enjundioso. La propia esencia de Internet (con mayúsculas) apunta hacia un desprecio de los contenidos, mientras se eleva a categorías creativas monumentales la fabricación de las propias estructuras tecnológicas que soportan dichos contenidos. Se da por hecho que el usuario llenará internet con sus cosas, sin retribución alguna y para beneficio de Silicon Valley y de las compañías telefónicas. Este modo de entender el medio on line resulta, a todas luces, imposible de cambiar. Sin embargo, yo he decidido dejar de participar de sus rapiñas, su adolescencia, su aleatoriedad y su fugacidad.

Con malherido.com quiero hacerme valer y hacer valer el trabajo de escribir y de contar historias y emitir opiniones; es decir, con malherido.com pido algo a cambio. En esta web seguiré escribiendo a diario en Hikikomori sobre los lances que ocupen mi cabeza en cada momento, siendo el mundo literario uno de ellos, pero también otros asuntos más personales y diversas cuestiones de actualidad. En Lector Malherido, reseñaré con renovada sinceridad los libros que vayan apareciendo en nuestro país y, amparado en este formato que es a la vez público y privado, trataré de volver a divertirme hollando caminos poco claros moralmente para la curia de los políticamente correctos.

De esa sensación primera que tuvimos con Internet de poder llegar, literalmente, a todo el mundo, y de ser leídos en Vietnam y en Caracas, he evolucionado hacia una intención más modesta y realista: la de ser leído por una minoría autoconsciente, por unos pocos que aman los libros y aman la palabra y quieren disfrutar de ambos con tranquilidad, a resguardo del ruido de los tiempos, sabedores de que esto nuestro que queremos (la literatura) habrá que defenderlo desde la trinchera y señalando a todos su valor, que no su precio, desde un cierto compromiso, desde una radical independencia, siempre en contra del canon interesado de los poderes modernos.

Es hora de saber cuántos somos.

Hola.

Alberto Olmos