raudo 296

Al tiempo que se desarrolla la noticia de que la práctica totalidad de los directivos y consejeros de aquella Caja Madrid hoy desaparecida dispusieron durante años de unas tarjetas de crédito singulares, con las que podían hacer prácticamente todo el gasto que les apeteciera, cae en mis manos el libro Los millones de Brewster, obra publicada en 1902 por George Barr McCutcheon, y que cuenta una historia que conozco por la televisión, por alguna película, pues nueve veces se ha llevado al cine esta novela, aunque su argumento uno diría que procede directamente de la tribu capitalista, de los mitos de nuestros ancestros monederos, pues así de pueril e iluso resulta, de inmediato y de goloso: un hombre ha de gastar un millón de dólares en un año, millón que ha heredado de un familiar, pues otro familiar le ha dejado poco después 7 millones de dólares y sólo puede recibirlos si suplantan la herencia anterior, dado que ambos testadores se odiaban y uno no quiere que su dinero "se mezcle" con el del otro, de modo que el doble heredero se pone a la tarea del dispendio, que no es tan fácil como podría creerse, y en esos gastos de la novela ando, mientras me entero de en qué gastaban, a su vez, su dinero regalado Blesa o Rato, fulano de IU y mengano del sindicato, pasteles, sujetadores y Disneylandia, y oigo el runrún de los comentaristas escandalizados, el despotrique comunal de la sociedad, que no entiende muchas cosas, entre ellas, que alguien con un sueldo de 3 millones de euros pudiera echar mano del cepillo del capital, como un mangante cualquiera, cutre y misérrimo, y sin embargo, leyendo la novela, acabo por intuir una respuesta, pues yo mismo no daba crédito a que, estando bien pagado, uno pudiera hacer gasto de un dinero en el limbo, de unos caudales genéricos, y esa respuesta es que, justamente, el placer mayor del gasto no es gastar lo que uno ha ganado, no es pagar con sudor, es pagar por pagar, hacer circular billetes que desdramaticen la labor diaria de ganarse la vida, así sea ésta una vida muy bien ganada, pues nada puede igualar la felicidad de que el dinero no exista, de la barra libre y de las puertas abiertas, ya que el dinero ganado conserva un rictus serio, pertinente, que se te impone, mientras que el dinero que no-vale-nada ni siquiera se gasta, sólo se mueve, se cambia de sitio, se deja correr con esa alegría con la que los niños abren los grifos en los parques.

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