raudo 231

Volviendo de la biblioteca, donde he sacado en préstamo una guía de viajes, me acuerdo -obviamente: "de pronto"- de un símil que escribí el otro día, y en el que comparaba una sensación con otra, la sensación cuando se hace algo con la sensación cuando se hace otra cosa, siendo esta acción última la de unir los pedazos de una figurilla de porcelana, nada más romperse, gesto inútil y eterno, gesto que me ha dado que pensar, pues, como en otras acciones -llegar por ejemplo a un museo, a una iglesia, a un lugar turístico, para visitarlo, y ver desde lejos que está cerrado a cal y canto y, sin embargo, tratar de abrir la puerta-, no sabe uno, de primeras, a qué se debe la comprobación, si tiene algo que ver con la fe misma, o si es una sutil ironía natural -mira que eres tonto, rompiste la figurilla sin remedio-, o si, más aún, se trata de un conflicto entre nuestra percepción de la realidad y la realidad misma: vemos que la figurilla está rota, pero no la damos del todo por perdida hasta que unimos las piezas con la mano, apretando incluso, como si fueran a pegarse perfectamente, y mientras las piezas están juntas y bien sujetas por nuestras manos, ni siquiera se ve la línea de la rotura, de modo que, en el instante en que las dejamos sueltas, aún creemos que la figurilla estará entera.

más en Hikikomori

Añadir nuevo comentario