Raudo 160 [sobre Podemos]

→ Ante la descomunal sorpresa de mi invitadora, el viernes accedí muy fácilmente a ir al mitin de cierre de campaña del partido político llamado Podemos, que tendría lugar en la plaza del Reina Sofía a las 9 de la noche y de cuyo líder había estado yo viendo vídeos durante los últimos días.

→ Podemos es un partido con un enorme déficit nominal, pues a la polisemia del nombre de su candidato (Pablo Iglesias, nada menos) hay que sumar el disparate estructural de su propia denominación, que más que el nombre de un partido político parece el eslogan de un partido político, lo que abarata la marca, la intoxica de intención, la dinamiza hasta frivolizarla, y peor aún: nos hace pensar en los Estados Unidos (por mucho que el Podemos tenga otro origen) y, por si fuera poco, nos lo asemeja con todos esos equipos de fútbol de segunda división, con todos esos gerentes de mediana empresa, en definitiva, con todos esos objetivos miserables y diminutos que, durante los últimos años, hemos visto empujar publicitariamente con la palabra Podemos.

→ Nunca en toda mi vida había estado en un mitin político, lo que me hizo acudir con una enorme inocencia y una inusual buena fe al de Podemos; también acarreé ciertas sensaciones confusas, expectativas y modos de observación propios de otros lares pues, mientras miraba hacia el escenario y bebía agua y fumaba y comentaba con mi incitadora si había mucha gente o había poca gente, y mientras caía la tarde sobre Madrid, y mientras colocaban un micro o izaban una de esas pantallas plásticas sobre las que se van a proyectar imágenes, varias veces me pudo un nerviosismo idéntico al que se siente cuando está a punto de empezar un concierto.

→ Los primeros en subir al escenario no fueron los políticos, o futuros políticos, los ponentes de Podemos, sino unas dos docenas de personas que ocuparon una sillas detrás de donde éstos se sentarían para arropar a sus candidatos y dar en televisión esa imagen que también vemos en PP o PSOE de político-rodeado-de-su-gente, práctica, otra vez, importada de Estados Unidos y que lejos de serme simpática, me puede llegar a producir repugnancia, si atendemos sobre todo al especial mimo y sentido de la oportunidad que se localiza en la inteligencia que ha determinado quién va a figurar como público votante de un partido: cuántas mujeres y cuáles y cómo, cuántos emigrantes, cuántos niños o ancianos; entre el público de Podemos había una adolescente que llevaba puesta su mochila y que ni siquiera se la quitó cuando ocupó su silla en el escenario.

→ Entonces -tardísimo, como con 40 minutos de retraso- subieron al escenario creo que cinco personas, o seasé, los candidatos de la lista de Podemos al Parlamento Europeo, que eran concretamente Pablo Iglesias, Lola, otro Pablo (en silla de ruedas: Echenique, si mal no recuerdo), otra mujer y un señor ex fiscal de nombre Villarejo, creo que García Villarejo (prefiero escribir sobre lo que recuerdo que sobre lo que puedo saber vía internet); ah, y otro señor, Monedero, que ejerció (no sé si “Carlos) de primer ponente y, luego, de introductor de los demás discurseadores.

→ Monedero empezó cantando Puente de los franceses, lo que le ganó casi de forma irrevocable mi antipatía, siguió ensartando tópicos uno detrás del otro, y fábulas con animales, y no dijo nada que no pudiera haber dicho cualquiera de las personas que estábamos allí (los ricos son muy malos, los bancos son muy malos, los pobres son muy buenos, hay que cambiar las cosas), con la diferencia de que los que estábamos allí no queríamos ocupar la silla de ningún Parlamento.

→ Luego dio paso a una mujer que no dijo nada en absoluto, salvo que había servido gintonics en un bar, una vez; esto de los gintonics que la mujer había servido, alguna vez, en un bar lo dijo también su presentador, o sea, Monedero, pero ella lo repitió a la menor oportunidad (en realidad no estoy seguro de si esta mujer compareció justamente después de Monedero, lo que hago constar a los efectos oportunos); en cualquier caso, muy mal, y mi acompañante e incitadora e invitadora lo mismo: que muy mal esta mujer.

→ Luego subió Lola (a no ser que Lola fuera la anterior: ya digo que prefiero reflejar sin vergüenza alguna lo que mi memoria recuerda); Lola era andaluza, de Cádiz más concretamente, y no empezó con mucho acierto pero, al cabo, tuvo cierta gracia -excluida la poca gracia que puede tener hacerse el gracioso -la graciosa- andaluz), aunque quedó patente que la chirigota que citó contaba con una redacción y una inspiración mucho mayores de las que contaba su propio discurso.

→ Luego o antes habló Villarejo, que para haber si fiscal, o sea, un hombre diríamos que serio, con algo de experiencia en la glosa política y las espesuras del estado, no recuerdo ni que dijera absolutamente nada del menor interés ni que su expresión hablada resultara cautivadora, si no más bien muy de andar por casa; además, acabó gritando al micrófono consignas y eslóganes que coreaba parte del público, lo que me recordó, infaustamente, ese vídeo de Álvaro Pombo gritando UpyD hasta el más desazonador de los descréditos.

→ Antes en verdad creo que habló Pablo Echenique (creo que era Echenique; luego busqué a este joven en la red, y por eso me acuerdo de su apellido, si es que lo estoy citando correctamente) y tampoco dijo nada demasiado interesante pero se fue sin levantarle a uno resquemor alguno.

→ Finalmente le tocó el turno y el cierre a Pablo Iglesias, conocido por sus programas de televisión y su coleta -vaya esto sin segundas ni primeras ni terceras: asumo que es así, que ese es su estereotipo icónico-; me llamó la atención que, con la que iba cayendo -un frío X se extendía por la plaza, y todos nos habíamos abrigado ya- él se plantara ante el micrófono en mangas de camisa, y bien remangaditas además; su discurso, desde la primera frase, estaba infinitamente por encima del de todos los demás que le acompañaban en la lista, y su forma de hablar, pausar, remarcar los acentos, era también muy profesional o estudiada o, como poco, le despertaba a uno algún interés; recuerdo varias cosas de las que dijo (el pasado socialista de varios de sus ancestros; Julio Anguita como modelo; PP y PSOE son lo mismo...), pero no es la transcripción de su discurso lo que me interesa para este post, sino la de mis sensaciones ante todo el evento, que fueron, salvando a Pablo Iglesias, verdaderamente devastadoras.

→ El domingo hacia las seis y media de la tarde cogí el autobús 6 en dirección a Orcasitas y me bajé en la parada más próxima a la calle Porta Coeli para acceder al colegio electoral que me correspondía y depositar en la urna mi voto por Podemos.

→ Por joder.

→ Volvamos atrás: acabado el mitin me fui con mi acompañante calle Atocha arriba y tuve una suerte de epifanía política, quizá auspiciada por esas remembranzas familiares que había espigado Pablo Iglesias en su discurso, y que tuvieron que ver, justamente, con la coincidencia de su nombre con el del fundador del PSOE; y fue esta iluminación que yo, la verdad, lo que quería era votar al PSOE, a ese PSOE del principio, pero que ese PSOE del principio ya no existía, llevaba dos décadas sin existir, y seguramente jamás volvería a ser sobre la faz de la tierra, ni obrero ni socialista ni partido, de modo que pensé que quizá el PSOE, hace más de cien años, se fundó así y peor y con gente que pasaba por la calle, como Podemos, sin mucha maña ni mucho poderío intelectual, pero con algunas cosas claras, algunas dignidades muy interiorizadas, cierto primitivismo político consistente en no otra cosa que ser honrado y empezar a señalar lo obvio, cuánto gana ése y cuánto gana éste, y tratar de igualar esa distancia; así que el domingo fui y los voté, y cuando salí del colegio electoral sonreía -pienso ahora:- porque la gran travesura política en la ciudad de Madrid estaba en marcha.

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