Amor + literatura: un extracto de "Alabanza"

A finales de esta semana estará disponible en las mejores librerías de España (o sea, en todas) Alabanza.

Os ofrecemos un pasaje extraído de páginas muy avanzadas en la novela, pasaje que consideramos representativo de su propuesta.

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Fue así. Faltaba una semana para el 14 de febrero, día de
San Valentín. Sebastian acababa de volver de comer y aprove-
chaba sus últimos minutos de descanso antes de colgarse el
auricular para fumar un cigarrillo y tomar un refresco de cola
en la cocina de la empresa, así llamada porque tenía un mi-
croondas, mesas y sillas y varias máquinas expendedoras de
sándwiches y bebidas. Justo delante de él, dos compañeras
hablaban de amores, del jefe de sección y de algunos viajes
que les gustaría realizar. De pronto, una de ellas, con la que
Sebastian había cruzado en alguna ocasión unas palabras, afir-
mó entre la desolación y el desahucio: A mí nunca me han
escrito una carta de amor. A lo que la otra contestó: Pronto
es San Valentín; a mí, tampoco. A Sebastian el silencio que
siguió a estas detonaciones sentimentales le resultó ridículo,
más que nada porque el desconsuelo de sus compañeras se le
hacía enormemente fácil de remediar. Se puso en pie. Si que-
réis, os escribo una, dijo.
Las dos mujeres se miraron, y luego una de ellas dio un
paso hacia Sebastian. ¿Qué dices? El próximo martes os las
doy, dijo él. ¿Una a cada una? La compañera que se había que-
dado sentada alzó un poco la nariz al hacer la pregunta. Sí.
¿Distintas? Claro, coño, distintas; a Sebastian ya le estaba car-
gando la preguntadera generada por un ofrecimiento, a sus
ojos, tan claro como el agua. ¿Estás enamorado de nosotras?
Ambas mujeres rieron, se ruborizaron, se apoyaron la una en
la otra mientras aguardaban la respuesta de Sebastian. No, dijo.
Y añadió: Serán sólo literatura, no os las toméis en serio, ¿eh?
Claro que no, tío. Abandonaron entre risas la cocina y Sebas-
tian terminó su cigarrillo y se encaminó también hacia su
puesto. Por sobre la pantalla de su ordenador, durante toda la
tarde, vio a las dos compañeras a las que había ofrecido un
amor en falso mirarle de hito en hito, y mirar también a otros
compañeros telefonistas, sobre todo mujeres, los cuales, a su
vez, acababan reparando en él, cosa que no habían hecho en
los dos meses que llevaban de campaña. Algunos incluso le
señalaban con el dedo, o, más discretos, comunicaban al com-
pañero curioso el número de su cubil. Es el del 71. Estaba sien-
do la comidilla de toda la planta, con su ocurrencia. Esa mis-
ma noche, al llegar a casa después del trabajo, escribió las dos
misivas, en diez minutos cada una. Por la mañana, de camino
a la oficina, compró sobres horteras en un colmado chino.
Venían diez en el paquete. Durante la pausa para el café, una
compañera se le acercó. Sebastian ni siquiera sabía su nombre.
Hola, dijo. Hola, contestó Sebastian. Mira, he oído que les
vas a escribir una carta a esas dos, y me preguntaba si no te
importaría escribirme una también a mí. Sin problema, dijo
Sebastian. Muchas gracias. Sebastian vio alejarse a la nueva
demandante de cariño postal –en su cabeza ya anotaba carac-
terísticas físicas y estilo de vestir de la compañera, en vistas a
su declaración de amor– y, por fortuna, le dio el alto antes de
que saliera. Que cómo te llamas, preguntó. Además, esa mis-
ma tarde, una amiga de la chica del café fue a hablar con él.
Sebastian estaba atendiendo una llamada y, en cuanto acabara,
saltaría otra automáticamente. En los diez segundos que me-
diaron entre las dos llamadas, le dio el sí a escribirles sendas
cartas de amor febril a ella misma y a otras dos compañeras
más, en cuyo nombre también hablaba ésta. No fueron las úni-
cas en incorporarse al San Valentín de Sebastian, esa masiva
puesta en entredicho del sentimiento amoroso, pues, cuando
regresó a casa esa noche, no tenía ya sobres suficientes para
todas. Compró otros diez al día siguiente. Y otros diez el vier-
nes por la tarde. Necesitaba veintiséis, finalmente, pues ése
era el número total de telefonistas femeninas de su planta. No
todas le pidieron ser su apasionado corresponsal, pero enten-
dió que, ya que se ponía, les escribiría igualmente. Se dedicó
a ello a lo largo del sábado. Para él también suponía un estre-
no, pues nunca había escrito una carta de amor.

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